El amor en los tiempos del Tinder

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Desde su lanzamiento en 2012, Tinder ha escalado hasta convertirse en un auténtico fenómeno. En los últimos años, Tinder ha conseguido el privilegio de poderse llamar a sí misma una auténtica revolución cultural. Y es que para cualquiera resulta evidente que Tinder ha transformado por completo la manera en que pensamos en las relaciones (estables o casuales) entre personas. ¿O no?

Pensar que Tinder nos ha cambiado es la respuesta más fácil. Y es verdad que toda herramienta altera la manera en que vemos el proceso, pero en este caso creo que existe la posibilidad de que Tinder, más que causante, sea consecuencia de diversos cambios sociales, económicos y culturales en las nuevas generaciones. A continuación me explico.

El principal atractivo de Tinder es que facilita a sobremanera el conocer a nuevas personas. En las épocas pre-Tinder, conocer nuevas personas era un proceso demandante tanto en tiempo como en dinero y esfuerzo y al cual no todos podían dedicarse. Lo que originalmente podía ser una noche saliendo a un bar o asistiendo a una fiesta se reduce en Tinder a quince o veinte minutos de mover el dedo hacia la derecha y la izquierda. Es una situación mucho más cómoda, pero vale preguntarse de dónde viene esa necesidad de comodidad. Sobre todo porque, en el caso del cortejo, el trayecto suele ser también parte de la recompensa. La realidad es que Tinder explota en popularidad porque esta comodidad esconde dos características de la vida moderna que solemos pasar por alto o asumir como normales.

La primera es que las nuevas generaciones tienen una aversión cada vez mayor al riesgo, cuando tradicionalmente habría de ocurrir lo opuesto: los jóvenes siempre han sido más arriesgados y descuidados que los adultos. Si bien los estudios de aversión al riesgo son principalmente financieros, no hay aspecto de la vida humana que no esté regido por una racionalidad económica (así nos engaña el Nobel de Economía Gary Becker). La aversión al riesgo nos inclina a evitar todo tipo de inversión con posibilidades de fracasar. Si después de dedicar tiempo y dinero a conocer potenciales parejas en una discoteca regresamos con las manos vacías habremos perdido todo lo invertido en vano. ¿Qué perdemos con Tinder, más allá de tiempo? Además, siempre se podrá intentar de nuevo cualquier otro día.

Swipear gente en el bus es mucho más conveniente para jóvenes con menos tiempo que sus predecesores…

La segunda tiene que ver con una generación mucho más comprometida con lo que consideran un plan de vida seguro que las anteriores. El discurso de completar una carrera técnica o universitaria lo antes posible para conseguir un trabajo estable (sin duda apoyado en una situación económica relativamente estable) nos lleva a obsesionarnos de una manera poco sana con acelerar el proceso. De hecho, en tan solo diez años, Perú vio incrementada en 40% su población con educación superior. Con casi toda una generación de personas jóvenes condicionadas para dedicar años de su vida a la educación superior, es natural que el modelo tradicional de conocer personas presencialmente pierda terreno frente a Tinder. Swipear gente en el bus es mucho más conveniente para jóvenes con menos tiempo que sus predecesores debido a las exigencias impuestas por agentes externos (trabajo, universidad, et al.) y por ellos mismos.

Tinder se presenta, entonces, como una máquina diseñada para explotar una generación con cada vez más miedo al fracaso y cada vez menos tiempo libre. Cuenta para ello con una interfaz juvenil y gamificada que explota debilidades de nuestra psique. El swipe es fácil, sencillo y divertido. Sin más que las fotos de una persona y una breve descripción, la elección se hace casi un juego. Tinder utiliza, en términos psicológicos, un variable-ratio schedule. La distribución aleatoria de respuestas (matches) a la acción (swipe) genera la intriga de cuándo será que se encuentre el estímulo deseado. En este sentido, Tinder no es realmente distinto a las máquinas tragamonedas y, conociendo a aquellas personas que ya te han dado swipe, las distribuirá de forma que maximice tu necesidad de usar la aplicación. En el entretiempo, los usuarios de Tinder descubren lo que neurólogos y drogadictos ya saben: estando enganchado a un estímulo que libera dopamina, este neurotransmisor se liberará más con la expectativa del estímulo que con el consumo en sí.

Publicado originalmente en la revista Metadata

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